lunes, 31 de julio de 2017

En el Camino: 22ª etapa: Albergaria-a-Velha-Lourosa

Llueve en el norte de Portugal. A las siete y media de la mañana el cielo está blanco y cae una llovizna suave, que al principio espabila y no moja, y poco a poco va perlando el pelo y los brazos y llega a empapar la ropa. Salgo por una carretera sin mucho tráfico, es domingo por la mañana, muchos ciclistas vienen en pequeños grupos en el sentido contrario. También algunos peregrinos de Fátima, grupos de dos o tres con mochilitas para el bocadillo y chalecos reflectantes. Les deseo boa viagem desde el otro arcén. La carretera atraviesa un bosque de eucaliptos con suelo de helechos, y después un área industrial y después ya todos son pueblos que no se distinguen unos de otros. Albergaria-a-Nova, que es una pedanía de dos calles, Branca, Pinheiro de Bemposta. A la entrada de este pueblo llego a tiempo a refugiarme en una cafetería cuando la lluvia está apretando. Las paredes y las mesas tienen versos y retratos estilizados de sus autores. A mí me toca un fragmento de Vasco Gato, del poema “quando a noite toca os meus pulsos”. Con el café caliente, la nata y la dosis de poesía, salgo con fuerzas a la calle y ya no llueve.



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Pasando por Travanca veo una iglesia moderna y fea, que parece americana, hasta con los todoterrenos aparcados en la puerta, donde la gente está pasando a misa. Grupos de ciclistas más numerosos ocupan las travesías. Adelanto a dos peregrinas, una me saluda en español, la otra en inglés, pero no me entretengo porque voy ya a otro ritmo y porque vuelve a llover. Pero en Oliveira de Azeméis sale el sol. Es un pueblo mucho más grande que los otros, al que se entra por calles de piedra en cuesta con quintas y huertas a los lados. De repente veo en lo alto, tras una larga escalinata, una iglesia con las puertas abiertas, grande de dos torres, blanca y con arcos, dinteles, cruces, adornos de piedra. Subo los escalones y llego hasta la puerta, que un señor con bigote me cierra en las narices. Le pregunto si puedo entrar a verla, pone los brazos en jarras, se atusa el bigote y se da la vuelta. Me siento en un banco de enfrente, a la sombra, porque ya hace calor, y me preparo un bocadillo de jamón con pan que compré en la cafetería poética. En este pueblo no voy a dejar un euro.

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El Camino baja y sube por calles que son la misma calle y por pueblos que cambian de nombre todo el tiempo. Voy paralelo a la vía del tren, con la que me encuentro de vez en cuando, aunque a juzgar por la calidad de la hierba que crece encima, el tren debe de hacer un tiempo largo que no pasa. São João da Madeira es una ciudad muy grande, con supermercados abiertos el domingo por la tarde y mucha gente en las terrazas de los bares y restaurantes. Debería parar aquí, se supone que es la última ciudad con albergues en muchos kilómetros, pero tengo que avanzar más porque me quiero acercar a Oporto y porque me lo piden las piernas. Acabo de perder una pulsera de cuero con la inscripción Camino de Santiago que me regaló una amiga francesa hace justo un año, cuando empezábamos aquel Camino, y que he llevado siempre puesta. La busco y no la encuentro: confío en que algún niño la encontrará por la calle, y la concha y el texto Camino de Santiago le dirán algo.

Paso por un Museu da Chapelaria que está en un edificio moderno, y que promete: la historia y el arte de la sombrerería. Pero está cerrado, aunque estemos dentro del horario que marcan en la puerta como abierto. Hay carteles de ferias medievales, de representaciones de batallas, de conciertos. Sigo la misma calle pero ahora el pueblo se llama Arrifana y un rato después Espadães. Está haciendo mucho calor, y después de una larga avenida en cuesta llego a un restaurante donde me preparan un filete de bacalhau com batatas e cebola y medio litro de vino blanco. Elijo un postre que me entra por los ojos: bolo de bolacha, tarta de galleta. Me da un pellizco de melancolía porque sabe a cumpleaños de la infancia, a un sabor muy de casa que llevaba mucho tiempo sin probar.

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Me iba a sentar un rato a escribir a la sombra cuando tres señoras que han salido del comedor y toman café en la terraza me piden que les haga una foto. Paso las siguientes tres horas en una clase de portugués intensa y divertida. La simpatía se contagia. Aprendo muchas cosas sobre adónde van a veranear los portugueses, lo que les gusta y no de España, lo que es más barato aquí y allá. Les hablo de mi viaje, reímos de todo, me invitan a tomar una cerveza. En España, por alguna razón, cada vez es más difícil ver mujeres de cierta edad que acepten la dignidad del cabello blanco. Una de ellas nació y nunca se movió de este pueblo, Espadães. Otra vive en Vila Nova de Gaia y la han tenido que convencer para salir a comer el domingo. Otra de ellas me acaba enseñando las fotos de sus hijas, de sus nietos, de la familia que tiene en Alemania y que vino hace poco al completo para una gran boda que celebraron durante dos días. Ella es angolana, de cuando aquello era una colonia portuguesa. Su padre llegó a Angola con cuatro años, y los hijos ya nacieron allí. Cuando tuvieron que venirse a Europa ella tenía 18 años y una vida en Cabinda. “Minha terra era aquila, não esta”. Cabinda es un enclave entre los dos Congos que se apropió Angola con las prisas de la descolonización. Es un territorio con petróleo, diamantes, maderas preciosas. Me cuenta que los paisajes de su memoria siguen estando allí, y que conoció bien Brazzaville, y Kinshasa, y allí se quedó todo. “Vim com uma edade com a que já poderia ter tido namorado!”. Nostalgia de África, adonde nunca volvió, ni volverá.

Al rato viene una cuarta mujer. Es la esposa del dueño del restaurante, el que me sirvió el bacalao. Ella es de Badajoz, pero lleva más de 30 años en el pueblo. Habla el portugués con más velocidad que las otras mujeres, y me cuenta la historia de un peregrino que vino hace unos meses desde Lisboa a pie, con una burra preñada y un perro. Ella trabaja en un supermercado, pero también ayuda en el restaurante. Ha intentado hacer algunos platos españoles pero no acaban de tener aceptación. Lo que sí ha introducido con éxito, me dice, es un postre: o bolo de bolacha, la tarta de galleta que me supo a mi infancia.

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Con el sol ya a la izquierda, continúo caminando la larga calle que baja cuesta por más pueblos y más eucaliptales. Siento que podría estar caminando hasta el infinito, y sólo me detengo cuando llego a Lourosa y al pasar delante de la estación de los Bombeiros Voluntários me doy cuenta de que llevo caminados hoy 39 kilómetros. Me ofrecen un espacio en el gimnasio. Me he pasado la mitad de este viaje en estaciones de bomberos, siempre bien tratado, entendiendo el nombre completo que tienen las agrupaciones: Associação humanitária. Pero creo que esta vez será la última. Mañana llegaré a Oporto, y allí empieza otro Camino. Si hasta Lisboa fue mi Camino personal y solitario, y desde Lisboa fue un Camino de Santiago con flechas pero con pocos peregrinos, ahora empezará la fase multitudinaria, social, probablemente masificada. Es un fase más, el Camino es la vida.


domingo, 30 de julio de 2017

En el Camino: 21ª etapa: Famalicão (Anadia)-Albergaria-a-Velha

Casi la una de la noche, volviendo del concierto de Luísa Sobral en Anadia. Tenemos que cruzar el puente para llegar al convento donde nos alojamos. Un perro de tamaño aceptable nos espera al otro lado del puente, yendo y viniendo, como si estuviera guardando el paso en aquel lado. No hay palos a la vista, vamos sólo dos personas y muy cansadas y en sandalias, no hay por qué arriesgar. Nos vemos obligados a dar un pequeño rodeo por un carreterín oscuro entre maizales hasta llegar al otro puente. Al mediodía, casi llegando a Albergaria-a-Velha, hay una cuesta larga y dura y en lo alto un pueblecillo que se llama Serém, con apenas unas calles. Esta vez voy solo, estoy agotado por el ascenso y las muchas horas de caminata. Un perro también de tamaño aceptable me sale al paso a la entrada del pueblo. Cuando lo veo correr hacia mí miro en la cuneta, que está completamente limpia, excepto por una fina rama, que es lo único que puedo agarrar para defenderme. A estas alturas, prefiero morir matando; me voy a por él enristrando la vara y gritándole a él y a toda su raza. Aparece por detrás otro perro y ahora cada uno me ladra y me ataca por un lado. Estoy dispuesto a matar un perro a estacazos y así vengarme de todos los que me han traído a mal traer desde que salí de Faro. Pego mandobles contra los perros como un espadachín loco, y finalmente los espanto hasta una huerta. Un señor mayor que parece el dueño abre la verja con parsimonia, me saluda con amabilidad, y sale a ver qué pasa. Sé que no los recoge porque por la tarde los italianos me cuentan que han sufrido el mismo ataque, también sin consecuencias. Claro, ellos eran tres contra dos.

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En el norte empieza a haber un notable cambio en la configuración de las poblaciones. Siempre hay casas, por todos lados. Acaba una pedanía y empieza otra, y muchas carreteras son travesías con casas y restaurantes a los lados. No hay aquellos desiertos de rastrojos y alcornocales que vi en el sur. Ahora hay un paisaje verde de eucaliptos y pinos con casas y construcciones por todos lados, a lo largo de los valles o siguiendo los cada vez más frecuentes accidentes del terreno. Los pueblos van perdiendo los genuinos colores alentejanos, atrás quedaron los pueblos uniformes y bellos de cal y tejas ocres.


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La mañana es blanca, fresca, ideal para caminar a buen ritmo. En Avelãs do Caminho, en una placita con una capilla blanca donde la ruta se desvía, una indicación en un poste marca que quedan 303 kilómetros hasta Santiago. He caminado ya alrededor de 700. Ahora parece que empieza la cuenta atrás. Una fuente de Avelãs lleva el agua hasta un lavadero municipal donde una mujer está lavando su ropa a mano. Y después empiezan los viñedos, y algunas bodegas con mansión, con el cartel Rota do Vinho da Bairrada. En Aguada de Baixo encuentro a las japonesas y después a los italianos, al pie de una iglesia toda cubierta de azulejos que unas mujeres están limpiando por dentro y por fuera, barriendo, colocando flores, pasando la aspiradora al suelo de tapete. En una cafetería descubro un dulce que se llama ovos moles, huevos blandos, que es una rica masa de yema y azúcar que me inyecta energía para todo el día.

Poco después está Águeda, cruzando el río Vouga, una ciudad con monumentos y museos que no me entretengo a ver, porque voy lanzado. Es un ciudad viva, con muchos comercios y bares, y también muchos ciclistas subiendo sus cuestas a estas horas de la mañana. Todas las calles peatonales del centro están coloreadas por miles de paraguas que las protegen del sol. Además de por los paraguas, es una ciudad muy colorida, en sus jardines, en sus fachadas, en su gente. Bajo una larga cuesta y después atravieso Mourisca do Vouga, donde me cruzo con veinte coches que vienen pitando por la travesía adelante. En el primero van los novios, y en los de detrás todos los hombres llevan camisa blanca. Mucho rato después, cuando consigo llegar a la otra punta del pueblo, vuelvo a cruzarme con ellos: están empezando la segunda vuelta. Hay después un largo espacio de bosques de eucaliptos viejos, con subidas y bajadas por calles y campo. Junto a Pedaçães se atraviesa un puente medieval de piedra, junto a una laguna verde con una isla que sirve de merendero a algunas familias, y después un larguísimo puente moderno con hermosas vistas desde la altura al río, al bosque, a los puntos blancos de las casas que se pierden en la lejanía.

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Después de un duro ascenso hasta Serém, con pelea contra los perros incluida, se desciende hasta un incómodo y vacío tramo por carretera hasta las afueras de Albergaria-a-Velha. Este pueblo, como su nombre indica, ya era albergue para peregrinos en el siglo XIV. Es tarde y busco antes un sitio donde comer que el albergue. Entro a un restaurante familiar, donde los dueños, reunidos en familia, están ya comiendo. Pero me atienden y me sirven un rico bacalhau com natas y vino blanco. La escena me parece tierna: los tíos están recordándoles a los sobrinos escenas de cuando eran pequeños, esos recuerdos familiares que sólo recordamos porque los hemos oído contar cientos de veces. Después hablan de lo que se habla siempre: hay algunos puntos cerca del pueblo donde las señales de tráfico no aclaran muy bien quién tiene la preferencia. No conozco el lugar, pero puedo asegurar que incluso en la familia hay división de opiniones.

Después conozco al hospitalero, en un albergue que es limpio, completo, bien organizado. Es italiano, y me explica que él fue uno de los que colocaron las flechas amarillas que encontraré en las próximas etapas. Y ahora empiezan los cálculos. Hay que saber cómo llegar a Oporto pero sobre todo hay que saber cómo salir de Oporto. Hay varias posibilidades para moverse por la ciudad, y dos rutas posibles para salir: la ruta central y la ruta de la costa. Una con pocos peregrinos, la otra masificada. Con toda la información, mi compañero seminarista y yo nos ponemos a hacer cuentas, a calcular distancias, a explorar todas las posibilidades, y no llegamos a trazar ningún plan. Por la noche nos reunimos todos a la mesa, los tres italianos y yo, invitados por las dos japonesas, que han preparado un caldo y pasta con verduras que en verdad sabe a comida japonesa porque lleva dashi, esa especia que está en todas las comidas japonesas y que ellas han traído en bolsitas. Reímos bien a gusto con sus ideas sobre los europeos, y después salimos a dar una vuelta a la plaza, donde hay actuaciones de grupos folclóricos. Son cientos de personas, sobre todo mayores, vestidos de labriegos antiguos, bailando y cantando lo que parecen jotas. Después del poco dormir y los 30 kilómetros andados, no puedo aguantar de pie viendo este concierto con el mismo entusiasmo que el de ayer.


sábado, 29 de julio de 2017

En el Camino: 20ª etapa: Coímbra-Famalicão (Anadia)

Al salir de Coímbra, el cielo está blanco de nubes bajas y hay neblina que se precipita y moja. Se cruza el puente hasta la margen derecha del río Mondego, y se avanza por un paisaje monótono y llano hasta que los edificios se convierten en maizales. Por una larga cuesta se sube al pueblecito de Cioga do Monte. Casas viejas, algunas quintas cuidadas, huertas familiares, ladridos de perros. Subiendo más se atraviesa Trouxemil, donde veo a ancianas conversando en las esquinas y ancianos en bicicleta. No se corta la línea de casas pero ya estoy en Adões, y con eso he pasado del distrito de Coímbra al de Aveiro. Paro a tomar café, y en el fresco de la terraza pregunto a los hombres que hay conversando si pasan muchos peregrinos. Hoy no, me dicen, pero sí se ven a lo largo de todo el verano. “Vão mais para cima que para abaixo”: todavía los dos caminos inversos coinciden: los que subimos a Santiago siguiendo las flechas amarillas, los que bajan a Fátima siguiendo las azules. En algún momento atravieso una aldea con una sola calle y un perro enorme sale corriendo hacia mí desde dentro de un garaje entreabierto. Ladra como loco y sólo me da tiempo a levantar una pierna: cuando está a metro y medio de mí pega un tirón brusco la larga cadena que lo sujeta y el perro cae al suelo y sigue ladrando. Qué voy a decir, todo el vecindario está ladrando.

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Paso por Mealhada, que es un pueblo limpio tras un largo polígono entre bosques, donde se queda la mayoría de peregrinos. Hay mucha vida en las calles del centro, vida de gente que sale a las terrazas, viene y va, pero no hace demasiado ruido. A las afueras del pueblo hay un agradable paseo arbolado con flechas amarillas. Alcanzo a un matrimonio holandés por encima de los setenta, y la mujer me dice que desde lejos pensó que yo era holandés porque llevaba una camiseta naranja. Se quedan en el albergue, tras el que vienen algunos restaurantes de carretera y el calor que vuelve a apretar. Casi todos los restaurantes anuncian que son especialistas en leitão, en lechón, en cochinillo. Incluso las señales de entrada al concelho lo advertían como una de las atracciones de la zona. Subo una larga cuesta hasta el centro de Aguim, me refresco en una fuente, arranco un tomate de una huerta en un jardín. He tomado la decisión de caminar más allá de Mealhada sin saber lo que me voy a encontrar. Como no tengo guía, y sólo busco información por Internet si me hace mucha falta mientras camino, no tengo certeza de que haya albergues hasta Águeda, que es el final de la siguiente etapa. Compruebo que al menos hay pueblos en este tramo, así que algo ha de haber. Camino bajo el sol del mediodía hacia lo desconocido.



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Anadia es un municipio bien hecho. Subo una cuesta con una carretera en obras y después empiezan sus pedanías, y un enorme complejo deportivo, y operarios poniendo alfombras de césped en amplios paseos, y aspersores regando con alegría. Parece que en el pueblo ha caído la lotería y están deprisa haciéndolo todo nuevo. Una pedanía tras otra, las calles son modernas, las señales son modernas, hay obras públicas por todas las calles. Y al llegar al pueblo, las calles están limpias, y hay cómodos edificios comerciales en bajo con las terrazas de las cafeterías llenas de gente, y agua que sube en las fuentes, y un aire de modernidad que no he visto en todo Portugal. En una plaza veo un cartel que no me acabo de creer: esta noche actuará aquí en Anadia, en la Praça da Juventude, Luísa Sobral. Tengo que mirar el cartel varias veces e incluso hacer una foto para estar seguro: hace mucho calor y llevo mucho tiempo caminando y no he comido, y ya es mucha casualidad que haya tomado la decisión valiente de ir hacia lo desconocido y que precisamente Luísa Sobral venga esta noche a cantar al pueblo al que llego. Avanzo buscando la estación de bomberos, pero no está en el pueblo sino ya en el campo, en una antigua finca de caballos hasta donde me guía un pastor viejo que no tiene manos y tiene la cara desfigurada. Entro a la finca donde están los camiones de bomberos y recibo mil atenciones del bombero de guardia, de una señora mayor, de un grupo de niños. En un portal frente a los viejos establos, me sientan, y los niños me ofrecen de un cuenco de palomitas azucaradas que acaban de preparar. “Tenho mais sede do que fome”, digo, y el muchacho me trae una botella de agua fría con la que llena mi cantimplora. Después me anota en el GPS del móvil la dirección del convento de freiras adonde tengo que ir a dormir, que está más adelante, en una pedanía, a dos kilómetros. Aún tengo que llegar allí, y a los 31 kilómetros que camine habrá que sumar dos de ida y dos de vuelta si de verdad quiero ver a Luísa Sobral.

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En la pedanía de Arcos hay bodegas antiguas de vino espumante, y otra vez paredes desgastadas y un aire de descuido. Cruzo un río seco y llego a otra pedanía, Famalicão. Varias mujeres me indican y finalmente llego a la puerta correcta del convento. Colégio de São João de Cluny. Algunas monjas visten con hábito, otras no, todas son muy mayores y muy cordiales. Las instalaciones del colegio son muy modernas. En la parte de atrás hay jardines con atracciones y columpios, y varios grupos de niños haciendo actividades con sus monitoras. El espacio que tienen las monjas para albergue es seguramente el mejor que he visto nunca. Una gran habitación luminosa y fresca en el piso superior, con los colchones y las sábanas pulcramente dispuestos. Duchas amplias, más limpias y mejor cuidadas que las de un hotel. Es un edificio nuevo y hecho con buen gusto, y las atenciones de la hermana que me explica el funcionamiento del albergue son ejemplares: incluso tiene fotocopias de dos planos dibujados a mano con los bares y pastelerías de la zona. Aunque tarde, voy a comer al que me dijo que es más tradicional, y por supuesto es un lugar especializado en cochinillo. Hay gente que está esperando para llevárselos enteros en cajas especiales. La carne es espléndida, y el vino blanco también. Cuando vuelvo, han llegado al mismo albergue los tres italianos y las dos japonesas. No sé cómo hacen para demorarse tanto. Salen siempre una o dos horas antes que yo, y siempre llegan varias horas más tarde.

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Finalmente hemos decidido caminar de vuelta, cuando ya se ha hecho de noche, para ver el concierto de Luísa Sobral. Mi compañero seminarista italiano me acompaña. Un rato antes de empezar, parece que no hay demasiada expectación en la plaza y nos sentamos en las primeras filas. Casi al instante la plaza se llena de gente y aparecen las teloneras. Un grupo de seis quinceañeras con voces gloriosas. A veces acompañadas al piano, y otras con la sola instrumentación de sus voces, llenan la plaza de calor con canciones en portugués y en inglés. No podemos evitar sentir un escalofrío después de escuchar sus arrebatadoras versiones de The sounds of silence y Hallellujah, que además para mí es la canción del Camino de Santiago, de tantas veces que se la escuché a mi amigo Francesco el verano pasado.

Cuando sale al escenario Luísa Sobral la plaza está abarrotada, hay gente de pie por todos lados. Y el espectáculo es aún mucho más de lo que esperábamos. Yo conocí a Luísa Sobral unos meses antes de Eurovisión, cuando Elvira Lindo empezó a hablar en España de ella y de su hermano. Y esta feliz casualidad de estar en este concierto me hace quererla más: es un concierto vivo, dinámico, familiar. Guitarras, contrabajo, batería. La propia Luísa Sobral va cambiando de instrumento en cada canción: guitarra, guitarra eléctrica, piano, incluso interpreta una canción golpeando el cajón con las baquetas. Es un prodigio musical, en las canciones en inglés de inspiración sureña y en las portuguesas que tiran al jazz y hasta en las canciones infantiles. Cada canción es un espectáculo nuevo que se sobrepone a lo anterior. Es además una mujer divertida, ocurrente, y el público la quiere. En un momento íntimo, cantando una bossanova lenta, se para y empieza con los primeros versos de Amar pelos dois, la canción que escribió para que su hermano dignificara el festival de Eurovisión. Siento un pellizco de envidia patria: toda la plaza está cantando los versos lentos y delicados de esta canción. Dice Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe el autor”. Los versos de Luísa Sobral que salieron de una noche de hotel ya no son suyos, son de la nación portuguesa. Cuando acaba el concierto, tiene otro gesto de delicadeza con la gente: se sienta al pie del escenario con esa guitarrita pequeña que los portugueses llaman cavaquinho y canta unas canciones tiernas para los niños que hacen círculo alrededor. Hay momentos dulces y hermosos en el Camino y en la vida.





viernes, 28 de julio de 2017

En el Camino: 19ª etapa: Rabaçal-Coímbra

Coímbra. Universidad. Seis de la tarde. Una anchísima plaza rectangular, mitad sombra, mitad sol. Tres de los lados son edificios góticos de piedra que pertenecen a la Universidade de Coimbra, la más antigua de Portugal. El otro lado es un espacio abierto hacia la parte baja de la ciudad, hacia la anchura verde del río Mondego, hacia los bosques altos de su margen izquierda. Hay una fila silenciosa de turistas esperando para pasar a ver la Biblioteca Joanina. Del otro lado salen por una portezuela los que acaban de subir a lo alto de la torre. Muchos más, parejas jóvenes con hijos pequeños, sobre todo, y españoles la mayoría, cruzan la plaza atravesando el arco que da acceso a la Universidad desde la ciudad, y el que sigue hacia las facultades más modernas. El calor del sol es aún pegadizo, y la sombra siempre fresca con la brisa del río. Estoy asomado a la barandilla que mira al río y a mi lado un señor muy mayor y canoso, en tirantes, se enciende un porro. Su mujer ríe de golpe, lo abraza y dice unas palabras tiernas en español. Con el olor y la luz dulces de la media tarde, entro a averiguar qué tiene por dentro la Facultad de Derecho.

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La mañana estaba muy fresca al salir de Rabaçal. Algo de neblina y cielo encapotado sobre las viñas. Sólo 25 kilómetros por delante, que hago casi sin parar, casi sin esfuerzo. Subo cuestas por carreteras secundarias, atravieso pueblecitos con calles estrechas, buganvillas que adornan las terrazas y muchos perros que me ladran al pasar. Voy comiendo melocotones y manzanas que encuentro en los árboles. Y el paisaje empieza a tornarse gris, ruidoso, urbano. Cada vez más carreteras cruzan los campos, los pueblos que ya no están separados unos de otros, ni lo están de las naves de los polígonos industriales. Tomo café y una nata en una cafetería limpia de un polígono, entre hombres y mujeres de las fábricas. Subo una larga cuesta por carreterines que son todavía pueblo, con casas mezcladas con huertas, con macetas en las puertas. Y cuando la cuesta empieza a descender, llego por casualidad, porque he vuelto a desviarme de la ruta de las flechas amarillas, al Miradouro del Vale do Inferno, desde el que se ve entera la ciudad de Coímbra, blanca y ocre, verde de bosques y parques, extendida en el valle.

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Isabel de Aragón, una reina española de los siglos XIII y XIV, es para los portugueses A Rainha Santa. Santa Isabel de Portugal es venerada por la gente como ejemplo de buena cristiana. Fue esposa de Diniz I y madre de Alfonso IV, reyes de Portugal. He visto libros con biografías suyas en las librerías, y también algún sacerdote me la ha mencionado por el camino. Mientras su marido pecaba de todas las formas posibles, ella era buena y repartía pan y monedas a los pobres, y fundaba hospitales y conventos, y cuidaba a huérfanos y enfermos. En el Prado está el retrato de cuerpo entero que le hizo Zurbarán. Un chico italiano me contó que, a la muerte de su marido, hizo una peregrinación a Santiago de Compostela, de incógnito, para no ser reconocida por el pueblo, que ya entonces la veneraba. A la vuelta de ese viaje se quedó en Coímbra, en el monasterio de Santa Clara-a-Velha, que ella misma había fundado, y hasta tomó el hábito de las hermanas. No murió aquí sino en Estremoz, después de un viaje, pero aquí la enterraron. Como el río Mondego anegaba el convento una y otra vez, construyeron otro en la ladera más arriba, Santa Clara-a-Nova, adonde trasladaron su cuerpo, donde hay colocada una estatua imponente de piedra que la recuerda, mirando al río y la ciudad, y adonde llego yo antes del mediodía para alojarme en el albergue que hay en las dependencias del monasterio.



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Hay algunos turistas dando vueltas por esta margen izquierda, que vienen a ver la capilla y el claustro del convento. Por supuesto, no voy a pagar ni un euro para pasar a iglesias, así que me conformo con ver las fotos y las fachadas. A la hora de comer bajo al río y voy subiendo a la ciudad vieja, por donde hay muchísimos más turistas, llenando terrazas y bares, escaleras, comercios, tiendas de postales y recuerdos. Las fachadas están sucias de intemperie y pintadas, como en cualquier ciudad universitaria. Hay grafitis libertarios, pero sobre todo hay muchos feministas. Uno es más inteligente que todos los demás: Eu não posso ser a mulher da tua vida, porque já sou a mulher da minha.

Entre calles empinadas e incómodas aparece la sé velha, la catedral vieja, edificio de piedra románico adonde también cobran entrada por pasar. Desde lo alto de las escaleras veo una placa curiosa y reconozco una cara en el azulejo. Me acerco y observo los dos azulejos: en el de arriba el retrato, en el de abajo el texto: Nesta casa viveu o trovador da liberdade José Afonso (O Zeca). Em cada esquina um amigo / Em cada rosto igualdade. / O povo é quem mais ordena / Dentro de ti, ó cidade. Es una casa blanca de tres pisos con ventanas manuelinas, con marcos de piedra y rejas negras. La fachada tiene la pintura levantada y hay grafitis encima; uno no puede leerse, el otro dice: 25 de abril sempre!

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El rey don Diniz fue el que firmó la carta que fundaba la Universidade de Coimbra en 1290. El documento está reproducido en grande en muchos lugares. Incluso la Universidad absorbió siglos después el Palacio Real y algunas dependencias religiosas de los reyes. Hay patios con palmeras y hiedras junto a arcadas góticas, y corredores y balcones desde los que se ve la ciudad entera, el curso del río, los bosques lejanos. No sé cómo, he entrado sin aviso en una parte de museo: me asomo desde un balcón interior a una nave noble con retratos de reyes, arañas encendidas, terciopelos y azulejos en las paredes, y hacia el otro lado surge una balconada larga abierta al viento de la tarde, desde la que se observa el movimiento de la gente por las calles, las fachadas blancas, los tejados ocres, el río despidiendo un destello ya dorado. El viento es persistente pero no es frío ni caliente.

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Las facultades modernas dan bastante pena. Parece una universidad cubana: edificios magnificentes, un esplendor arquitectónico que se detuvo en el tiempo. Todo lo moderno está viejo, con una mezcla de muebles nobles y líneas arquitectónicas soviéticas. Me gusta sin embargo recorrer las universidades en día de diario: comer en una de las cantinas, tomar el café en un patio con arcos de piedra y árboles altos, sentarme a escribir en una mesa de madera rancia de una rancia biblioteca. En la biblioteca minúscula de la Facultad de Letras hay pocos alumnos trabajando, muchos y buenos libros de literatura española y francesa. La sala de estudio de la biblioteca general está llena de gente trabajando en perfecto silencio. Pero todo es viejo, todos los edificios parecen estar esperando reforma. Los turistas no pasan de la parte monumental, pero la Universidad es también este mundo de edificios setenteros de persianas rotas, patios con maleza, enormes pasillos vacíos, libros con polvo de décadas. No sé cómo, me veo dentro de una sala dedicada a exposiciones. Es como una casa antigua, las salas de un palacete. En las paredes están expuestas fotografías de un grupo de estudiantes vestidos de época en las dependencias de la universidad. Nos reparten sangría fresca y pastas, y ponen música y empieza una proyección y me voy, porque me empieza a gustar demasiado el ambiente.

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Uno no se cansa de mirar la ciudad. La mejor vista está al otro lado del río, como siempre, en la margen izquierda. Subiendo hacia el convento de Santa Clara-a-Nova hay una antigua iglesia barroca que ahora es auditorio y centro de convenciones y aparcamiento y no sé cuántas cosas más. Tiene una explanada adonde suben los deportistas de la ciudad y donde acaban los turistas españoles despistados. También un equipo entero de kárate que ha debido de venir a competir estos días. Con el viento templado me siento a leer enfrente de Coímbra el principio del Camino de Santiago de Paulo Coelho. No es gran literatura, pero reconozco tan bien los lugares que menciona, y suenan en mi cabeza tan dulces las palabras portuguesas, que no quiero que acabe la tarde.

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La noche anterior apenas pude dormir. Una de las japonesas roncaba como un borracho de sábado. Pero lo de esta noche no tiene nombre: un hombre al que he preferido no verle la cara para no odiarlo ha pasado varias horas berreando como un verraco en trance de muerte. Esto es también la vida de albergue: gente que ronca, y que ronca mucho más cuanto más cansada está. Menos mal que a las tres y pico de la mañana se ha levantado, ha empaquetado su mochila y se ha marchado en buena hora. El resto de la noche, los mosquitos han sido los que nos han mantenido en vilo. Cada vez que abría los ojos, me asustaba una gran cruz enfrente de mí, sobre la ventana abierta a los tejados de la ciudad de Coímbra. En estas noches infaustas uno espera las primeras luces para salir a andar y olvidarse de la ciudad y del albergue y de los peregrinos y sólo ver paisaje y paz y camino.



jueves, 27 de julio de 2017

En el Camino: 18ª etapa: Alvaiázere-Rabaçal

Cuando despierto, los italianos ya se han ido, y cuando acabo de empaquetar las cosas en la mochila llega mi amigo americano. Caminamos a buen ritmo durante un par de horas, siempre cuesta arriba, sin sol y con neblina al fondo, entre bosques con más eucaliptos que pinos y encinas. Algunos hombres y mujeres viejos trabajan a primera hora entre los árboles, en sus pequeñas huertas tapiadas. En una de esas aldeas sin gente a la vista cuyo nombre no aparece ni en el GPS, vemos a lo lejos un perro cortándonos el paso en la calle única. Desde lejos ya empieza a ladrar. Cojo una vara de encina del suelo, y sólo de esta manera, manejando ligera la espada, podemos atravesar la calle sin percances. Será raro que me vaya de Portugal sin que me haya mordido un perro.



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Cuando llegamos a Ansião y paramos a tomar café hemos completado la mitad de la etapa. Ansião es otra cosa: un pueblo moderno, cómodo, limpio. En la calle principal hay muchos albañiles trabajando en edificios muy grandes y modernos, y sin hacer apenas ruido. Hasta las señales con los nombres de las calles, que son verticales y tienen una apariencia de diseño, parecen recién puestas. En el centro hay varias plazas muy amplias, despejadas, con edificios encalados y pulcros de tejas ocres. La iglesia también es blanca, y en lugar de piedra en las esquinas, la torre tiene listones de delicado azul aguamarina. Alrededor hay filas de olivos. La iglesia está abierta, y por dentro también es blanca, muy blanca. Tiene dos filas de columnas con largos arcos de medio punto que le dan un aire morisco. En el altar, en vez de un Cristo o una cruz, hay una tabla con una Inmaculada Concepción pintada al óleo. La cafetería de enfrente es amplia, con un ambiente agradable de señoras mayores que toman café y dulce. Hay una pareja de niños que hablan en francés, y después entiendo que lo que sucede es un encuentro familiar: varias mujeres de todas las edades han llegado y hablan en portugués con la madre de los niños, mientras el marido francés las mira sin despegar los labios. No sé el tiempo que estarían sin verse, pero todas se han puesto vestidos elegantes y exhiben amplias sonrisas.

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Después de Ansião hay otra larga cuesta entre bosques de pinos y eucaliptos. Yo voy lanzado, pero siento que mi compañero no me puede llevar el ritmo. Lo espero varias veces, le doy ánimo, pero anda colorado por el esfuerzo, con ese colorado gracioso que se les pone a los irlandeses en los mofletes. Paramos a descansar en el poyete de una casa abandonada en un lugar en alto que se llama Venda do Brasil. Hay enfrente árboles de nísperos sin fruto y un manzano al que se le están cayendo sin que nadie los aproveche. En el siguiente cruce nos encontramos con las dos japonesas, que vienen por otro camino, y a pesar de que vienen mirando una guía del Camino, creen que aún no han llegado a Ansião, y celebran con risas tímidas la noticia que les doy: ya dejaron atrás ese pueblo hace cinco kilómetros.

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Llegando a Alvorge bajamos por caminos estrechos cercados por piedras y vegetación, y después salimos a una carretera secundaria. Dos señoras mayores, que han salido a la carretera a comprar el pan al coche que paró enfrente, me llaman para que vaya hacia ellas. Estaba explicándole a mi amigo cómo eran los membrillos, y señalándole los abundantes racimos de kiwis que crecían al lado. Una de las señoras sale con una bolsa de melocotones y ciruelas y me la regala. Nos preguntan por nuestros viajes, y se ríen mucho cuando les digo que mi objetivo de recorrer el país entero era conocerlas a ellas y poder hablarles en su idioma. Enseguida toman el papel de madres o abuelas, y me regañan por no echarme protector solar, por dejar que la piel se me levante. Llevo mucho andado hasta aquí. Y no hay día que no haya recibido una acción generosa de la gente.

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En Alvorge, que es un pueblecito pequeño y limpio al que se llega tras una larga cuesta en curva, me tengo que despedir de mi amigo americano. Un señor alto y delgado, con ojos inocentes, dirige el amplio café y el albergue del pueblo. Está pendiente de nosotros y de unos turistas franceses y de las dos japonesas que acaban de llegar y de todos los que cruzan por la plaza, para avisar de que él tiene la llave del albergue. Sólo cruzan el grupo de italianos y varios españoles en bicicleta que no llegan a escucharlo. Me informa de lo que hay por delante: el siguiente albergue, los menús del peregrino. Hablamos de los incendios que llenan el telediario y las portadas de los periódicos. Tiene una mirada tan inocente que yo diría que es un hombre sin preocupaciones, feliz. Me despido de mi amigo con una última cerveza. Él se queda aquí, yo tengo tantas fuerzas que necesito seguir caminando y acercándome a Coímbra, para poder visitar la ciudad con detenimiento. Nos estrechamos la mano. Nos volveremos a ver.

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Cuando llego a Rabaçal, tras atravesar un bosque entre el olor dulce y caliente de los eucaliptos, y una carreterita sin tráfico, he cambiado de distrito: ya estoy en el de Coímbra. Efectivamente, hay un solo albergue, un solo restaurante, y todos del mismo dueño, que se hace llamar O Bonito. Me doy otro homenaje por un precio de risa: sopa de legumbres, arroz con mariscos, medio litro de blanco, postre y café. Inevitablemente, necesito otra siesta de dos horas. Cuando vuelvo, los tres italianos están bañándose en la piscina. En un corto paseo por la tarde recorro todo el pueblo. La iglesia, blanca, está abierta, y por dentro es estrecha y pobre, y tiene un techo azul como de nave industrial. Hay un museo sobre una villa romana, cerrado, un pastor que acerca unas pocas ovejas a las primeras calles del pueblo, algunos perros sueltos, cuatro mujeres que conversan a la sombra sobre la tapia de una placita, muchas casas cerradas o en proceso de desmoronamiento. Busco un espacio vacío para contemplar la ancha nube gris que está empezando a cruzar el cielo. Es un incendio. Hay un viejo a mi lado, sentado en una silla de plástico, con la camisa medio abierta, patillas de hacha y la gorra puesta. “Este fogo começou há três ou quatro horas, eu vi”. Poco a poco, la nube gris va tapando el cielo claro del atardecer. “E está ativo”, me dice el hombre, señalando el foco, quizá a quince o veinte kilómetros, detrás de una loma. El foco echa humo como una chimenea, ya la tarde se va volviendo gris.

De repente llega una moto delante de nosotros y nos llena el ambiente también de humo. Es un hombre más joven, que le dice al viejo si quiere que le traiga un cacho. Responde que no, pero el hombre salta la tapia hasta el viñedo y vuelve al momento con varios racimos de uvas tintas. Me regala dos racimos de uvas gordas y dulces. Voy comiendo algunas de vuelta al albergue, y comparto los racimos con los otros peregrinos. Desde la paz de la piscina veo cómo el cielo poco a poco se va cubriendo por la nube gris que ahora se mezcla con el suave anaranjado del atardecer.




miércoles, 26 de julio de 2017

En el Camino: 17ª etapa: Tomar-Alvaiázere

As setas amarelas (las flechas amarillas) a veces llevan por caminos derechos y otras veces dan rodeos difíciles de entender. Con ayuda del GPS se va combinando la ruta para llegar a buen puerto. Pero desde estas etapas la señalización es perfecta. Hay flechas amarillas y baldositas con el símbolo de la concha incrustadas en muchos postes y paredes. A partir de Tomar el camino que lleva a Fátima va en el sentido contrario, y también las flechas azules marcan bastante clara la ruta. En las calles de Tomar hay cruces templarias rojas en las farolas, en los maceteros, en las fachadas de los negocios. También por el suelo, en las piedras de la calle, trazando otra especie de ruta secreta.

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Se abandona Tomar por una plácida senda boscosa que va paralela al curso del río Nabão. Una senda que se hace estrecha entre encinas, cañas, rosales silvestres. Los rayos del sol aún bajo tratan de colarse entre los pocos espacios que deja la vegetación. Al cabo de una hora, subiendo entre montes de olivos, la ciudad de Tomar aparece blanca en la lejanía, apenas un puñado de casas que sobresalen entre el verde del bosque. Hay algunas cuestas duras por caminos asfaltados y por caminos de tierra, mientras atravesamos aldeas con poca o ninguna gente: Soianda, Calvinos, Ponte de Ceras. En todas hay huertas tapiadas a medio labrar donde los árboles dan frutos para nadie. Voy comiendo higos maduros y melocotones muy dulces por el camino, pero también veo naranjas, manzanas o ciruelas por los suelos, pudriéndose, sin nadie que las recoja. Además de con el grupo de italianos, nos vamos cruzando con dos jóvenes japonesas muy sonrientes y muy tapadas por sus amplios sombreros de exploradoras.


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A la salida de un pueblecito, dos ancianas conversan. Una está en lo alto de la huerta, asomada al muro de metro y medio que la separa del carreterín, junto a una encina y unos olivos, sosteniendo una hoz, que aprieta contra el mandil mientras habla. La otra está abajo, en el carreterín, al volante de un camioncito rojo minúsculo con los símbolos de la Junta de Freguesia, y la parte de atrás del camioncito viene cargada de paja. Las dos visten de negro y gris, las dos tienen el pelo blanco y son muy viejas. Nos saludan con mucha atención, haciendo gestos con las manos. Me pregunto cuántas veces se habrá repetido esta escena, en qué parte de la conversación andarán estas dos mujeres que se han visto las caras todos los días de su vida, entre las cuatro casas y las cuatro huertas de la aldea.

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En Ponte de Ceras se cruza el río y la carretera. Hay una fuente fresca que recibe el agua de la montaña, que corre ligera por un canal hasta el río. Junto a la fuente, una caseta con una alberca y unas pilas de piedra para fregar la ropa. Hay algunas casas abandonadas a la vegetación, techos caídos, escaleras de piedra que ya no suben a ningún sitio. Frente a la fuente hay un edificio grande de paredes de piedra con el portal a medio hundir. Las puertas de madera están tiradas por el suelo. Dentro hay una antigua almazara, con todas sus máquinas, sus piedras de prensar, los pequeños depósitos de aceite, algunas botellas de cristal en estantes llenos de polvo. Los techos aún no se han hundido. El deterioro que lleva a la destrucción total también lleva un trabajo minucioso y lento.

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Entre Vila Verde y Pereiro, entre aldeas cuyos límites son las propias señales, unos viejecillos que descansan a la sombra de su jardín nos dan indicaciones de dónde está el restaurante más cercano. Los clientes son locales, el espacio está limpio y es fresco, y afuera está haciendo demasiado calor. Mi amigo americano y yo comemos un grelhada mista con mucha calma, con varias cervezas, con mucha conversación sobre su vida en Marruecos, sobre la corrección política, sobre la vida de sus hijos. Al despedirnos pido al dueño que me llene la cantimplora de agua, y me regala una botella que acaba de sacar de la nevera.

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En un cruce nos confundimos de dirección y un coche se detiene para avisarnos de que debemos volver. Dejamos el distrito de Santarém y entramos en el de Leiria. Hay una cuesta suave y continua por campos de encina, de cereal y de olivos, hasta Cortiça, que es un pueblo con cuatro calles, un palacio en medio de la nada, y una panadería donde encontramos sombra. Entramos a las salas donde están preparando los pasteles y dulces y pedimos agua: una señora nos llena las cantimploras con agua helada. La entrada a Alvaiázere es extraña: antiguas quintas desahuciadas conviven con otras lujosas donde los albañiles están todavía manos a la obra. En muchas de estas quintas hay torres que fueron importantes, fachadas que perdieron el color hace varias décadas, árboles con todo tipo de frutas caídas por el suelo. Y hay sobre todo altísimas y hermosas nogueras, y muchos castaños, en todas las huertas, en las plazas, por todo el pueblo. Un coche se ha quedado parado en mitad de la calle, y los demás coches le pitan y siguen su marcha. Hasta que llegan estos dos peregrinos y ayudan al conductor empujando el vehículo y dejándolo a un lado. Una señora muy mayor se baja por la otra puerta y me dice que vaya casualidad, que le pidió el favor a su hijo de que la llevara al médico y ahora vaya plan. Está muy nerviosa y no para de decirle: "Fernando, e agora que vas fazer?". El señor dice que llamará al mecánico, porque nosotros no sabemos arreglar motores.

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En la estación de Bombeiros Voluntários de Alvaiázere coincido de nuevo con los tres italianos. Son del sur de Italia, de la Puglia. Una pareja y otro chico. Son jóvenes, veinteañeros. Uno lleva gafas redondas y parece un pensador comunista de los años 60; ella es rubia, gordita, guapa, y se queja todo el tiempo del dolor en los pies. El otro muchacho es moreno, guapo, lleva gafas de pasta negra, camisetas de tirantes y una bonita cruz de barro colgando del cuello. Estudió literatura italiana, pero después sintió la vocación, y lleva ya tres años en el seminario. Por eso había ido a Fátima, y ahora va a Santiago. No sabe si llegará a ser sacerdote, pero está en el camino. Tendidos a media tarde y agotados aún por el esfuerzo, ríen con los comentarios de sus amigos a las fotos de Facebook, y después comentan el sentido de una cita religiosa dedicada al día de Santiago. Como no puedo evitar entender sus conversaciones, me salgo fuera para leer un rato.






martes, 25 de julio de 2017

En el Camino: 16ª etapa: Golegã-Tomar


En Golegã muchos carteles recuerdan que es la capital del caballo. Aparte de puertas cerradas a cercados que sí parecen picaderos y a algunos dibujos en los comercios y en los carteles taurinos, no se ven muchos caballos. Salgo de la estación de bomberos, donde me olvidé la toalla, y echo a andar de nuevo por campos ricos de huertas y maizales. Una cuadrilla de mujeres mayores van detrás de un tractor recogiendo pimientos, mientras un hombre las supervisa, y las conversaciones de las mujeres recolectoras son casi gritos que llegan hasta la carretera. Hay nubes bajas y panzudas, y un aire terco que se lleva el agua con que riegan el maíz los pívots, creando hermosos arcoíris en la verde llanura.

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En una pequeña aldea, São Caetano algunas placas recuerdan que aquello fue territorio templario. Apartado de la aldea hay un palacio de ensueño, protegido por una avenida de álamos centenarios, con iglesia, torres de vigilancia y con una torre almenada de castillo. Es un edificio de dos pisos, con decenas de ventanas, altas puertas con dinteles de piedra labrada, fachadas de un color crema envejecido cubiertas casi en su totalidad por la exuberancia de la hiedra. Es la Quinta da Cardiga, un edificio con apariencia de abandono que perteneció a la orden templaria y después seguramente a nobles que no supieron qué hacer con él. Está en la misma orilla del río Tajo, hacia donde cae en leve cascada el agua de un riachuelo que circunda el palacio. Es un lugar extraño, que conviene visitar de día. Por la calle en sombra sólo me cruzo con una señora, que me dice amablemente Bom dia y se ríe cuando me ve hacer fotos. Bajo la alameda, en la umbría de la fachada principal, uno no puede evitar pensar en historias fatales de amores extranjeros y muertes súbitas que convirtieron esta fortaleza en un lugar maldito, hundido en las nieblas de la historia.


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Cruzo varios pueblos grandes, Vila Nova da Barquinha, Atalaia, con casas de jardines cuidados, pero donde no encuentro ningún bar ni cafetería. En un cruce me encuentro con un peregrino americano que también ha perdido la referencia de las flechas amarillas. Nos internamos en un bosque de eucaliptos y encinas, atravesamos un lago que es en realidad el bebedero de una granja de patos, y miles de ellos echan a volar despavoridos a nuestro paso. Llegamos a uno de esos pueblecitos que no aparecen ni en mi GPS, y al fin, tres horas después, puedo rellenar mi cantimplora en una fuente. Dos señores de barba blanca que conversan en la terraza de la cafetería me aseguran que es agua buena, y más me vale. Una nieta de la dueña, una niña de cuatro años, viene a charlar conmigo. Le hacen gracia el acento, las pintas, la conversación seria de un adulto extranjero. La muchacha se llama Madalena, como el pueblo cabeza de la comarca. Igual que en algunos lugares de África o Asia, uno sabe que está en un lugar seguro cuando puede hablar con los niños. Y, en este caso, además, entenderlos.

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Mi compañero americano es del estado de Washington, de un lugar en la costa cerca de Seattle, cerca de Aberdeen, le digo, de la ciudad de Kurt Cobain. Ya tenemos temas de conversación. De mi viaje a Seattle recuerdo muchas cosas, pero sobre todo el museo de la música donde exhibían guitarras de Jimmy Hendrix y objetos personales de Kurt Cobain y del resto de la banda, Nirvana. El peregrino tiene la misma edad de mi padre, y voló hace unos días a Lisboa para hacer su primer Camino hasta Santiago. Es hijo de irlandeses, y tiene nombre de personaje de Angela’s Ashes. Una cara simpática y blanca, redonda, muy colorada por el esfuerzo. Cuando le digo que soy de La Mancha, me recuerda el musical Man of La Mancha, y me dice que uno de sus hijos se casará este septiembre con una muchacha que se llama Dulcinea. Es un buen hombre. Sus hijos viajaron de niños y adolescentes por toda Centroamérica. Él siguió a su tercera mujer, con la que lleva 20 años, al centro de Marruecos, donde ella estuvo enseñando inglés dos cursos. Allí se puso también a enseñar a niños con problemas, a cuidar de ellos. Es un hombre de mundo, de los que no se cansan de aprender de otras culturas, de otros idiomas, de otras generaciones. Yo vengo lanzado, y él me lleva el paso.

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En Tomar busco de nuevo a los Bombeiros Voluntários, que me dan alojamiento en unas colchonetas en lo alto de un escenario de un gran salón de actos. Voy a comer y después me doy una vuelta por un supermercado en un pequeño centro comercial. No sé por qué, siento siempre una rara melancolía al visitar los grandes supermercados en países extranjeros: es como ver la vida corriente por un momento, en el momento en que uno está tan alejado de la vida corriente. Paso a una librería para comprar, al fin, un diccionario. Pero una portada que está escondida en unos estantes de libros de bolsillo me salta a los ojos: O diário de um mago. No me imagino comprando un libro de Paulo Coelho, pero enseguida me acuerdo de que es el libro sobre el Camino de Santiago del que tanto me hablaron el verano pasado. Lo abro y en las primeras páginas veo un mapa con el mismo trayecto que yo hice el año pasado: desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela. Hojeo y veo que es el trayecto iniciático que hizo el escritor brasileño en 1987, cuando nadie caminaba por el Camino. De repente pienso que será la mejor forma de asentar mi portugués, mucho mejor que un diccionario. Lo sé, he comprado un libro de Paulo Coelho. Y probablemente lo lea con interés y me guste, porque hablará de cosas que ya sé. Lo empiezo en el banco de un jardín, con la luz dorada de la tarde de Tomar, y el autor empieza hablando unos campos solitarios en León en conozco bien y de una espada.

De vuelta en la estación de bomberos, tengo compañía. Tres italianos, dos chicos y una chica, que acaban de llegar, sudorosos y doloridos, desde Fátima, para reengancharse aquí al Camino de Santiago. Están tan cansados que apenas pueden salir a comprar algo al supermercado. Acaban de empezar, hay mucho camino por delante.

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Tomar es una preciosa ciudad monumental. La única lástima es que haya caminado tantos kilómetros, casi 30, y no tenga muchas fuerzas para visitarla. Varios puentes cruzan el río Nabão, a lo largo del cual hay museos, parques. Hay una plaza amplia, ajedrezada y luminosa con una estatua en el centro de un caballero templario, con su espada clavada en el suelo, que tomó la ciudad en el siglo XII. Al fondo, en lo alto, se un castillo, también templario. La iglesia es blanca, con portada de piedra labrada restaurada y una torre adosada de piedra parda, y está cerrada. Al pie de la iglesia cenamos en una terraza, cuando el sol ilumina el lateral de la torre. Con tiempo, puedo con mi bacalhau com natas servido en cuenco de barro. Es el sabor de Portugal, es una delicia insustituible. Conversamos mi amigo americano y yo, y una señora holandesa que es maestra de primaria, aunque ya debe de andar algún tiempo jubilada, y que ha recorrido muchos tramos del Camino por España. Bebemos un rico vino tinto de Marmeleiro, un pueblo al lado de Madalena por el que pasamos esta tarde, donde rellenamos la cantimplora con agua fresca. Marmeleiro, que tiene un sonido dulce, significa membrillo.



lunes, 24 de julio de 2017

En el Camino: 15ª etapa: Santarém-Azinhaga-Golegã

Cuando en 1998 José Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura, comenzó su discurso acordándose de la vida de sus abuelos en la pequeña aldea de Azinhaga, a orillas del río Tajo. Después marchó a Lisboa, donde hizo vida de periodista y de quién sabe cuántas cosas más, y después, mucho más tarde, llegaron la literatura y el reconocimiento literario, y la polémica que le montó el gobierno portugués tras la publicación de O Evangelho segundo Jesus Cristo, y su vida tranquila en Lanzarote junto al mar, y sus años de reconocimiento y cariño en España. Saramago es un escritor de ideas, un escritor de conciencia. Con Saramago me ocurre algo extraño: no me acaba de gustar su estilo, pero sin querer lo imito; no me convencen sus posiciones políticas, pero me hacen pensar y me aportan mucho; me parecen demasiado densos sus libros, pero no puedo dejar de leerlos. Tengo una alegría anticipada y tierna sabiendo que voy a visitar el pueblo de As pequenas memórias.

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Al salir de Santarém, por un callejón junto al mirador panorámico que se abre al Tajo, hay una senda de piedra que se pierde bajo la vegetación y después vuelve a la luz en plena vega, junto a la vía del tren. Los viñedos que veía ayer tarde en el cuadro del atardecer se van haciendo reales, palpables, y ofrecen su verde vivo entre huertas fértiles de tomates, sandías y melones amarillos. Las águilas sobrevuelan las viñas, mientras se oyen a los lejos los disparos ficticios de los cañones que tratan de asustar a los pájaros.

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En Vale de Figueira tomo un café, un dulce y una cerveza, escribo en la plácida calma dominical en la que los vecinos llegan al bar y se saludan dándose la mano. En la televisión van a empezar a retransmitir la misa desde una iglesia diminuta. Llega una pareja de peregrinos vascos o navarros, que hablan a la dueña solamente en español y en voz muy alta, y exigen de cualquier manera aceitunas con la cerveza. Cuando se sientan, empiezan a discutir de cosas insignificantes también en voz alta, en un tono que rompe la calma mágica del lugar.

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Voy comiendo lo que encuentro por el camino: moras dulces junto al río Alviela, tomates aperados, pimientos rojos. Cruzo un puente de piedra y ya estoy en el concelho de Golegã, donde una señal marrón recuerda que es el concelho de José Saramago. La tierra es parda y fértil, como por casa, el agua abundante, las huertas hermosas, hay muchos campos de tomate y maíz. En Pombalinho hay poca gente por la calle, mucho silencio, una iglesia blanca con contrafuertes de piedra, cerrada, azulejos en las fachadas dedicados a Nossa Senhora de Fátima o a Santo António. Un hito marca las crecidas del río Tajo en los últimos 70 años. La marca de 1979 tiene lo menos tres metros de altura.

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En lugar de hacer caso a las señales y a la lógica, hago caso a las flechas amarillas. Desde Pombalinho se ve Azinhaga, que está a un par de kilómetros por una carretera recta y sin tráfico. Las flechas me llevan por un camino ardiente entre maizales que da un rodeo sin sentido, y cuando me doy cuenta he andado dos kilómetros y estoy más lejos de Azinhaga. Pero no queda más remedio que seguir las flechas amarillas, dejarme mojar por los aspersores altos que riegan el maíz, y al fin llego al pueblo de Saramago por la margen del río Almonda. Hay una una barca como monumento a la entrada, en recuerdo de los barqueros que recorrían el río en el pasado. Entro por sus calles silenciosas, de fachadas blancas y zócalos de albero, con geranios y muchas bicicletas en las aceras.

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Azinhaga es un pueblo pequeño y de apariencia pobre, calmo en la tarde del domingo. Hay una placita triangular en el centro, con apenas espacio para unos bancos, una fuente y dos árboles muy altos. A la sombra de uno de esos árboles ocupa un banco una estatua exageradamente grande de José Saramago cruzado de piernas y leyendo un libro con concentración. Enfrente está la Taberna Central, adonde me acerco a algunos paisanos a preguntar si puedo comer algo ligero allí. O patrão es un señor calvo y enjuto, con gesto nervioso, que me dice que algo me puede hacer. Un cliente le sugiere que me prepare una bifana. Me tomo una cerveza hablando con los clientes, todos hombres, casi todos viejos. Empiezan a hacer cuentas sobre los kilómetros que llevo andados y los kilómetros que me quedan hasta Santiago. Y me preguntan mucho sobre España, sobre mi región, sobre lo que se puede cultivar en esta tierra. Les digo que el color de la tierra fértil, las huertas grandes, los viñedos sin fin, la alegría del agua dispersándose por los maizales, me ha recordado mucho a mi tierra. La Fundação José Saramago está cerrada hoy domingo, pero uno de los hombres llama a alguien y le pide que venga a abrir para mostrármela. La encargada no está en Azinhaga. Otro cliente que llega después me dice con orgullo que es su hija quien dirige la fundación. Me acerco a un amplio jardín que hay detrás y al menos llego a la fachada. Los sábados tienen actividad, ponen documentales sobre la vida del escritor o hacen lecturas colectivas. En la puerta del sencillo edificio, de paredes blancas y listones de albero, hay una foto de Saramago con los ojos entrecerrados y el texto en mayúsculas: Nasci na Azinhaga.

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Los hombres de la Taberna Central dan mucha conversación. Uno se sienta a mi lado y me cuenta que vivió en Medinaceli y en Soria, y que nunca habría dejado España si no hubiera sido por su mujer. Él es de Lisboa, pero la mujer de Azinhaga, y aquí han acabado. Es el único que me confiesa que no le gusta Saramago. Ni le gustan sus libros ni le gustaba como persona. Otro señor con bigote que ha venido a tomar café con sus dos hijos me habla con cortesía desde la otra mesa en un castellano perfecto, de vocales claras y consonantes muy limpias. Él vivió en Madrid y después en Arévalo, y parece castellano por el acento y las maneras. Otro señor más joven me habla con cariño de Saramago. Le cuento que pienso en Azinhaga como el lugar donde el abuelo del escritor, cuando sabía que iba a morir, fue despidiéndose de sus árboles dándoles un abrazo uno a uno. Me señala un punto indefinido: “Por aí está essa horta”. Me dice que Saramago se fue del pueblo con cuatro años, pero que siempre venía en las fiestas. Otro señor me habla de Pilar, a la que han conocido tan bien como al escritor. Doy un vuelta por el pueblo para ver la iglesia, que es blanca, con una torre pequeña, con listones de piedra clara, y por supuesto cerrada.

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Cuando paso a recoger la mochila y despedirme de los parroquianos, me invitan a tomar una copa de vino de la casa. El dueño lo trae en una botella de plástico que sale del frigorífico. Un cliente nos hace una foto, y lo llama O Careca. Efectivamente, es calvo, pero a la manera de Saramago, limpio en la cima y algunos cabellos blancos abajo que quieren ser largos. Otro señor gordo con la camisa muy abierta se despide dándome la mano y deseándome buen viaje y que vuelva a Azinhaga. Un muchacho joven y alto con ojos de trastornado pasa diciendo Buenas tardes, así, en español. Doy un abrazo al dueño y me despido uno a uno de todos los clientes. No me quiero ir del pueblo, de esta tarde de domingo sin tiempo ni reloj, con una copa de vino frío en la mano, y con estos buenos hombres que trataron durante años al único Premio Nobel de Literatura en portugués, y que probablemente no han leído jamás un libro suyo ni ningún otro, pero que saben tanto y son tan generosos con el viajero. Hasta Golegã hay una carretera tranquila, varias capillas, muchas huertas, un domingo de julio como otro cualquiera.