lunes, 17 de abril de 2017

Que tuvo un reino hermoso junto a un río


Sevilla, como las torres de Manhattan o las calles de San Francisco, es un lugar de los que no pueden conocerse, sino reconocerse, aunque sea la primera vez que se visitan. Forman parte de nuestra memoria cultural, artística, fotográfica, cinematográfica, y cuando uno posa los ojos por primera vez en ellos, no es para impresionarse, sino casi para asegurarse de que estaban ahí, de que no se habían movido ni transformado desde la última vez.

Ahora cualquier lugar de la Península me parece que está cerca. No hay distancias, ni físicas ni culturales. Desde que crucé el Atlántico de vuelta, en menos de un año he visitado más de la mitad de las provincias españolas, muchas de ellas por primera vez.

Ni siquiera Sevilla en Semana Santa era algo extraño para nuestros ojos, que crecieron con la exuberancia empalagosa de Canal Sur. Y me ha gustado encontrarme una ciudad acogedora, populosa sin saturación, colorida y viva. Y reencontrarme con buena gente a la que no veía desde la distancia de la costa Oeste, que me enseñaban con orgullo una ciudad que sigue siendo ese “reino hermoso junto a un río” del rey Almutamid. Y, contra el tópico que nos vende la televisión, me ha tranquilizado observar una religiosidad sosegada, un ambiente de festividad sin estridencias.

Me quedo con unas cuantas estampas hermosas y apacibles. El hormigueo constante de gente endomingada por las callejuelas, entre terrazas nocturnas y colmadas. El trabajo de unos costaleros al son de la música para que el paso entrara en la capilla de Monte-Sión, con el baile litúrgico de cirios y luces, después de que una saeta desde el balcón alfombrado hubiera despedido a la imagen. Un paseo despacioso por las calles estrechas de la Judería, donde alemanes y británicos hacen su comida temprana en placitas que son corrales arbolados. Y la enormidad de la catedral, y la altura africana de la Giralda, y la fachada luminosa del Archivo General de Indias. Placas de baldosa que recuerdan textos de Ocnos, la casa natal de Cernuda, el convento al que iba a comprar pastas de niño, tal como lo recordó desde su frío exilio en Escocia. Haber pasado sin percibirlo junto al Palacio de Dueñas, en cuyo patio aún debe madurar el limonero que rememoró Antonio Machado.

El paso bullicioso de la Esperanza de Triana, al otro lado del río, abriéndose un hueco entre el gentío, bajo una lluvia que no acaba de pétalos de rosas. El perfil tétrico del Cachorro, clavado, magro, solitario, sobre el puente y el ancho río, desde la distancia de la calle Betis, y los nazarenos como hormigas lentas al sol. Una noche olorosa de flores de abril, cerca de las Columnas de Hércules, y otra placa que recuerda el lugar donde nació Manuel Machado, y casi al lado las casas donde nació y donde vivió Gustavo Adolfo Bécquer antes de irse para siempre a Madrid.


Junto a la anchura inmensa de la Plaza de España, los coches de caballos, las gitanas, los turistas de día, al comienzo del selvático parque de María Luisa, otra vez el poeta. En la glorieta de Bécquer crece un ciprés del Mississippi, tres damas de piedra representan el “amor ilusionado”, el “amor poseído” y el “amor perdido”, y otras dos figuras de bronce el “amor herido” y el “amor que hiere”. Sobre ellas, el busto del poeta, con un rostro barbudo y envejecido, y unas fechas cinceladas: 1836-1870. En este rincón verde y cuidado adonde cada verano volverán las oscuras golondrinas, descubro, o más bien recuerdo, como si ya hubiera estado aquí, que es la misma edad que yo tengo ahora.