martes, 16 de agosto de 2016

Por las tierras de León: en el medio del Camino

En León soy por fin consciente de que vamos a acabar el Camino. De que vamos a llegar a Finisterre. Casi todo el mundo con el que nos hemos cruzado ha tenido algún problema físico, y casi todo el mundo va solucionándolo como puede. Y pasada la mitad del recorrido, con menos de 300 kilómetros por delante, ya el cuerpo y la mente se preparan para terminar lo que se empezó. Hemos recorrido parajes rurales de cinco provincias españolas, convivido en habitaciones grandes y pequeñas de albegues religiosos y laicos, conversado en tantos idiomas como nos alcanza el entendimiento, llevado una vida intensa y paralela a la que nos espera, con gentes tan diversas y tan entregadas como lo está uno mismo.



La larga experiencia del Camino nos ha hecho entender muchas cosas sobre nuestro país y nuestra historia, sobre el arte religioso medieval y también el gótico, sobre las motivaciones varias que pueden llevar a gentes de tantos lugares y circunstancias distintas a emprender una aventura gratuita y tenaz: viajar durante más de un mes con el sol a la espalda, rumbo al fin del mundo, como lo hicieron miles de peregrinos en el claroscuro de la Edad Media.

Caminar durante cinco, seis, siete horas por los páramos de Castilla da para mucho. A veces es difícil andar solo, por más que uno lo pretenda, pero también es posible. Entonces uno puede reflexionar, ver pasar el paisaje austero en una cadencia lenta, humana. Pero lo más apreciable del Camino no es el pensamiento que sobrevuela y se airea, ni los bellos y variados paisajes desde los Pirineos a Galicia: es la gente con la que uno se cruza. Los locales y los extranjeros, los paisanos que siguen con sus tareas veraniegas mientras cruza el río de peregrinos sudados con mochila, los extranjeros que eligen pasar sus vacaciones o su tiempo libre recorriendo a pie media España.

Unos se quedaron atrás, otros se adelantaron, otros surgen con la alegría súbita de un descubrimiento, otros llegarán más adelante, otros completaron su tramo y volvieron a casa como después volverán al Camino. La profesora francesa con la que me he llevado tantas horas por caminos polvorientos, hablando de lo divino y de lo humano, cambiando de una lengua a otra, y que se preocupa tanto por mí. El masajista turinés con el que tanto he compartido, y que me salvó de la tendinitis sin tocarme las piernas, con buenos consejos e ibuprofeno a tiempo, y que ha alegrado tantas noches a la guitarra con su voz negra de blues. Las muchachas venecianas que llenaron de frescura los primeros días, y que alcanzaremos en Santiago. Los napolitanos que han ido y vuelto, el genovés con talento a la guitarra y gesto tímido del que me despedí hace dos mañanas con pena y con la promesa de visitar pronto la casa de Cristóbal Colón. La polaca que me llenó la cabeza durante tres días con historias que fluían como torrentes caudalosos y dispersos, que rezaba en cada iglesia, que hablaba un español insuperable y sabía imitar todos los acentos andaluces, y que me llevaba sin transición de las calles de Granada a los campos de lavanda de la Provenza y al barrio judío de Cracovia. El coreano con el que me tomé una caña en Roncesvalles y que volvió a aparecer, con su educada cordialidad, cuatro provincias después. El camionero de Brescia que hablaba todo el tiempo de Roberto Baggio, muy deprisa y a gritos, y me llamaba professore con reverencia. El galés con melena y barba, con bastón apostólico, que se tiró al río en Burgos y después ha ido quedándose más cerca, más lejos de los descampados por los que hizo sus primeros caminos. Los dos ancianos con bigote largo que viajaban con su enfermedad a cuestas, recorriendo media España sin gastar, desengañados de tantas cosas pero fieles a una promesa. La familia californiana que viaja en bicicleta, cargada de niños rubios y de bultos. La profesora navarra a la que le dolió separarse de nosotros cuando sus piernas necesitaban descanso. La madre e hija húngaras que han caminado desde el principio a nuestro lado. La joven filósofa de Padua, que se cura cuidadosamente cada noche los pies maltratados por las vejigas, y que tiene la paciencia de explicarme el concepto de alma en la tradición sánscrita. La familia francesa que recorre una semana de camino cada año, y cuyas hijas nos llenan de alegría con sus voces arcangélicas y los tatuajes de henna. La alemana que vivió en California y me abre el corazón en un alto en el camino. Las tres muchachas vascas que nunca pierden la sonrisa, que serán grandes periodistas, que no querían despedirse. Los grupos inacabables de italianos que van entrando y saliendo, avanzando, llenando el Camino de canciones nocturnas y de sonrisas francas. La muchacha australiana que sube el monte con sandalias más deprisa que nosotros. El titiritero de Cuenca que me lleva en volandas por las cuestas de León, con la energía ingobernable de quien ama demasiado la vida.

Son algunos de los destellos que van apareciendo en el Camino, algunos de los motivos para seguir caminando, para no querer llegar nunca a Finisterre, para que no tenga que acabarse una aventura tan plena, tan dura, que nos ha llevado ya casi hasta Galicia y llevará nuestra peregrinación mucho más allá de los límites rocosos que marca el océano.